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Mensaje de Pascua de la Generala

Generala Linda BondUna Dulce Invitación para Creer

Generala Linda Bond

El TIEMPO cambia nuestras perspectivas, ¿no lo creen así? Lo es para mí y quizás para muchos de ustedes cuando reflexionan sobre la historia de la Pascua. Quizás son nuestras experiencias de la vida las que nos hacen ver las cosas de otro modo. O es quizás la manera misericordiosa con la que el Señor nos ha tratado la que nos ha enseñado a leer las Escrituras de otro modo. Cualquiera sea el hecho, el relato de la reacción de Tomas al escuchar que Jesús había resucitado es una ilustración que me sirve para este caso.

Muchos de nosotros pensaremos que él se merece el nombre de "Tomas el Incrédulo". La Biblia nos dice que él no estuvo con los otros discípulos cuando vino Jesús, pero que ellos pronto le informaron de la buena noticia: "¡Hemos visto al Señor!" (Juan 20:25). Luego tenemos su famosa respuesta: "Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré." (v25) "Ver es creer" - por lo menos así lo sentía Tomas.

Una semana más tarde, Jesús vino de nuevo. En esa ocasión Tomas estaba con los otros discípulos. Después de saludarles: "¡Paz a vosotros!" (v26), Jesús inició la conversación con Tomas. Le dijo: "Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente" (v27). Estas palabras de Jesús no están escritas en la Biblia con signos de exclamación, en negrita o en mayúsculas. Pero de alguna manera las leemos como si ellas fueran un grito, una severa reprimenda del Señor a un discípulo obstinado.

¿Ha considerado usted que esas palabras no fueron un grito pero una suave invitación a un alma agobiante? Ese día Jesús se presentó especialmente a Tomas.

El Señor resucitado conocía el corazón de sus discípulos. Tomas quería un verdadero encuentro con Jesús, de la misma manera como lo habían experimentado sus amigos. El había sido lo suficientemente honesto para admitir su conflicto. El no podía creer lo imposible o comprender lo increíble. Habiendo presenciado los milagros de Jesús, él pudo haberlo visto como otro de esos maravillosos momentos. Pero para él, la resurrección después de la crucifixión era totalmente imposible.

Quizás no fue algo vergonzoso para Tomas, no fue una vergüenza pública delante de sus amigos. Sin duda que Jesús no le desenmascaró frente a los otros como un "Tomas incrédulo." Por el contrario. ¿No piensa usted que al ser invitado a colocar sus manos en las heridas de Jesús, el Señor susurró una palabra de fe en su oído? 

Es verdad que no podemos ir más allá de lo que nos dicen las Escrituras. Pero podemos leerlas con el conocimiento de la forma como nos trata Jesús. Sabiendo que tan misericordioso y comprensible es Él, la historia de Tomas puede ser leída como si fuera nuestra historia. 

¿Con qué frecuencia hemos escuchado a otros relatar sus gozosas experiencias con Jesús y de alguna manera no nos podemos relacionar con ellas? En vez de declarar nuestras dudas, nos hemos quedado callados o hemos tratado de mostrar una convicción que no hemos sentido. Pero para aquellos que realmente quieren conocerle, Jesús viene, ¿no es así? No reprende, no condena, pero susurra. Nos ofrece un momento tan convincente para saber con absoluta certeza que: Él está vivo. Él es real.

Es muy cierto que la respuesta de Tomas puede ser nuestra respuesta: ¡Señor mío, y Dios mío! (v28) ¡Qué Salvador tan maravilloso! ¡Qué Señor tan maravilloso!

 

 

 

 
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